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29 diciembre, 2013

Quien guarda, halla.

Quien guarda, halla...

He estado haciendo limpieza, tirando cosas, ordenando otras, y entre un montón de papeles he encontrado un escrito que creía ya perdido. 

Fue un tanto especial en su momento, ahora ya no significa nada. Aún así, no deja de ser emotivo. 

Solo por el hecho de haberlo escrito pensando en una persona especial, por más que lo lea y lo relea, no encuentro necesario hacer ningún cambio ni ninguna corrección. Aunque quizá me equivoque.
Es un relato perfecto con su definición. 

Con esto quiero decir que al inspirarnos en cosas que nos son especiales las palabras se escriben solas, sea lo que sea lo que se quiera decir. 

Espero que os guste. 



Las hojas amarillas eran mecidas en sus ramas por el viento de otoño. Algunas, las más castigadas por la estación, caían sobre la pareja que había bajo el árbol, creando una alfombra ocre a su alrededor. La chica tenía la espalda apoyada en el tronco y acariciaba el oscuro cabello del chico, que estaba tumbado sobre la hierva y se había quedado dormido con la cabeza en su regazo. 

Ella dibujó una tierna sonrisa al contempla su hermoso rostro: 

Sus ojos, suavemente cerrados, estaban dispuestos bajo unas definidas cejas negras. Su nariz, recta cual linea hecha a regla, aleteaba levemente al compás de su respiración. sus dulces labios estaban entreabiertos, dándole una expresión angelical y su pecho subía y bajaba más pausadamente, señal de que ya se encontraba dentro de un profundo sueño. 

Ella dejó escapar un feliz suspiro. Le acarició el pelo y descendió su caricia por su nariz, su mejilla y su boca. No podía haber mejor momento que aquel. 

El viento la mecía suavemente y poco a poco cayó en su propio sueño. Los dos durmieron juntos toda la tarde, uno junto al otro, con las manos entrelazadas. 

La despertó la dulce presión de un beso sobre sus labios. Lo primero que vio fueron sus ojos, distraídos con el mechón de pelo con el que jugaba. El le sonrió al ver que ya había despertado de su breve letargo y muy bajito le susurró:

- Volvamos a casa, cielo. 


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