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27 abril, 2013

Sephyr mi dragón


Esta es una entrada bastante especial para mi.

Este es un relato que se me ocurrió hace unos años de madrugada, como muchos otros, pero esta vez en vez de esperar a la mañana siguiente para empezar a escribir cogí papel y boli, me asomé a la ventana y apoyada en el alfeizar bajo la luz de una farola empecé a escribir, mientras me daba en la cara la brisa nocturna.

Fue una experiencia muy especial escribir de esa manera.

Años después, hará unas cuantas semanas se me ofreció la oportunidad de llevar mi relato a concurso. El V concurso literario y de ilustración organizado por La Era del Caos.

Hoy al levantarme no esperaba que fuera un día distinto a los demás, pero todo ha cambiado cuando he visto los resultados del concurso. Accésit de mi categoría. Para algunos no será un buen resultado, para mi es mucho más de lo que me esperaba y recibo mi diploma con gran honor.

Gracías Era del Caos

Y ahora sin más dilaciones os dejo con el relato.


Sephyr, mi dragón


Estaba tumbado en mi prado favorito, con los brazos en cruz entrelazando los dedos con la hierva alta. El viento soplaba hacia el este, llevándose los dientes de león consigo. 

Eso era paz. Silencio y armonía acompañados por un agradable viento que te susurraba al oído. Lejos de la aldea, lejos de la obligaciones y las preocupaciones... 

Una llamarada pasó justo encima de mi, quemando las puntas de la hierva que estaba tocando. Suspiré. Ese dragón no se cansaba nunca. 

- Veo que ya has encontrado el platino – dije aún tumbado. 

Sephyr, mi dragón, masticó sonoramente la roca en respuesta afirmativa. Luego resopló haciendo que el oxígeno y el hidrógeno de sus pulmones reaccionara con el metal provocando una llamarada. 
Me levanté y puse lo brazos en jarra frunciendo el ceño, haciendo que estaba enfadado, Sephyr me miraba expectante con sus grandes ojos amarillos. 
Tendré que esconderlo mejor, ya sabes que no quiero que me chamusques 

Sephyr gruño a mi comentario, pues es un dragón y por mucho que entendiera mi miedo al fuego su habilidad seguía siendo escupirlo. Aunque ya estaba medio acostumbrado a que lo hiciera aún seguía poniéndome los pelos de punta. Agachó la cabeza como disculpándose y luego aleteó un par de veces burlándose de mi. No pude mas que sonreír, ese dragón me toma el pelo cada dos por tres. 
Los dragones tienen fama de bestias feroces y asesinas, pero todo cambia cuando te criás con uno. Era muy pequeño cuando vi a Sephyr salir del cascarón y crecer junto a ella ha creado un lazo muy fuerte entre nosotros. 
Hice el amago de ir a por ella y sephyr me imitó, desafiándome. Salí corriendo hacia donde estaba pero el dragón ya trotaba prado abajo. Sabía que no la iba a alcanzar y menos con el flato que me estaba dando al reírme. Shepyr aminoró la marcha, ya la estaba alcanzado. Entonces paró en seco y me choqué contra ella cayéndome después al suelo de culo. Ella me cogió el tobillo con la cola y me levantó hasta tenerme boca abajo a poca distancia del suelo. 

- Muy graciosa – Sephyr lanzó pequeñas llamitas en señal de que se estaba riendo – ¡Bájame ya! 

Liberó mi tobillo dejándome caer al suelo de cabeza. “Era peligroso eso de ser amigo de un dragón” me recordé sonriendo para mis adentros. 

- Demos una vuelta – dije cuando me recompuse de la caída. 

Al instante, Sephyr se tumbó boca abajo para que pudiera montar y desplegó las alas. Unas alas de dos metros cada una, ya que aún no era adulta, hechas de tejido membranoso que acaban en unas afiladas garras en cada extremo. Eran maravillosas. 
Cuando comprobó que estaba bien asegurado entre sus cuernos las batió y el vértigo se me atravesó en la garganta y me cerró el estomago. Odiaba despegar, pero me encantaba volar. El dragón lo sabía, por eso siempre emprendía el vuelo lo más rápido posible. 
En un abrir y cerrar de ojos estábamos entre las nubes, cortando el aire. Le di un par de toques con el tobillo y ella captó el mensaje. Batió las alas con mas fuerza para coger velocidad. Entorné los ojos para protegerlos del aire, me agarre fuerte a sus cuernos y volví a darle un toque. Sin previo aviso Sephyr plegó las alas y caímos en picado. De mi garganta salió un grito que no quise reprimir y el dragón me acompañó con un rugido. A escasos centímetros del suelo las desplegó de golpe y planeó sobre la hierva alta donde había estado tumbado. Luego ganó altura y empezó a dar vueltas en el aire poniéndonos boca abajo y haciendo acrobacias. Me encantaban esos momentos, esa sensación. El cielo era nuestro. 
Después, más tranquilos, sobrevolamos el prado, el bosque y el lago. A Sephyr le encantaba volar sobre el lago más que en ningún otro sitio. De vez en cuando se pegaba un chapuzón pero cuando volaba conmigo se limitaba a cortar la superficie del agua con las garras o a cazar algún pez que otro (solo por diversión, claro, ya que su raza era carnívora) así que me relajé. Me acomodé entre sus cuernos y cerré los ojos disfrutando del aire y el agua que salpicaba, ya que volábamos a poca altura. Estaba apunto de quedarme dormido cuando me tiró al agua. Cuando emergí Sephyr ya no estaba. A ese dragón travieso le encantaba jugar y me había vuelto a hacer una de las suyas. Nadé hacia la orilla y la busque entre las rocas pero tampoco estaba. 
A mi espalda escuche un crujido y luego una llamarada pasó rozarme la pierna. Sephyr me dio pequeños empujones en la espalda con el morro, acercándome a la hoguera que acababa de encender para mi. Me quité la ropa mojada y la puse en una roca cerca del fuego para que se secara, pues no podía volver a la aldea empapado y arriesgarme a que descubrieran mi secreto. En sus escamas rojas se reflejaba el hipnotizante baile de las llamas. Apoyé la espalda en una de sus patas y ella me resguardó entre sus alas. 
Para mi no había nada mejor que pasar el tiempo con mi dragón.



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